

La misión Artemis II no solo marca un hito en la exploración lunar, también evidencia cómo el cuerpo humano se transforma incluso en estancias cortas fuera de la Tierra.
Tras completar un viaje de 10 días alrededor de la Luna, los astronautas de la misión Artemis II regresarán con una serie de cambios físicos y biológicos provocados por la microgravedad y la exposición a radiación espacial.
Desde el inicio del viaje, los tripulantes experimentan el llamado “síndrome de adaptación espacial”, que puede generar:
Estos síntomas suelen aparecer en los primeros días mientras el cuerpo se ajusta a la ausencia de gravedad.
En microgravedad, la columna vertebral deja de estar comprimida, lo que permite que los discos intervertebrales se expandan.
Esto provoca que los astronautas puedan crecer entre 2 y 5 centímetros, aunque este efecto es temporal y desaparece al regresar a la Tierra.
La falta de gravedad también tiene efectos importantes en el sistema musculoesquelético:
Esto obliga a los astronautas a realizar rutinas estrictas de ejercicio en el espacio.
La redistribución de fluidos hacia la cabeza aumenta la presión intracraneal, lo que puede generar:
Al salir de la órbita terrestre, los astronautas están expuestos a niveles más altos de radiación.
Durante la misión, pueden recibir una dosis equivalente a años de exposición en la Tierra, lo que provoca cambios leves y temporales en el ADN.
Gracias a la Teoría de la Relatividad, el tiempo transcurre de forma distinta en el espacio.
Aunque el efecto es mínimo, los astronautas envejecen fracciones de segundo menos que las personas en la Tierra.
El retorno a la gravedad terrestre representa un choque físico:
La recuperación puede tardar días o incluso meses.
Estos efectos, aunque controlados en misiones cortas, representan un desafío mayor para futuras expediciones de larga duración, como los viajes a Marte.
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