

En un hecho que sacudió la política nacional, el propio presidente Gustavo Petro reconoció públicamente que la corrupción alcanzó al Partido Verde, uno de sus principales aliados en el Congreso. La declaración, cargada de ironía política, dejó al descubierto la fragilidad de la coalición que durante años se presentó como alternativa ética frente a la clase tradicional.
El reconocimiento de Petro no cayó en el vacío: coincidió con los escándalos de la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres (UNGRD), y la fuga a Nicaragua de Carlos Ramón González, exdirector del DAPRE y figura clave en la relación entre el Pacto Histórico y el Verde.
Lo más llamativo es el silencio de Duvalier Sánchez, jefe visible del Partido Verde en el Valle y autoproclamado luchador contra la corrupción. Mientras Petro señala con el dedo a sus propios aliados, Sánchez mantiene un mutismo que para muchos, suena más a complicidad que a prudencia.
La paradoja es inevitable: el Partido Verde, antes símbolo de ética y transparencia, aparece hoy como pieza central de los mismos vicios que decía combatir. Y Sánchez, que suele ser vehemente en sus denuncias contra opositores, prefiere ahora un control político selectivo y conveniente.
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